Formamos una comunidad en la cual Cristo es el centro, el principio y el fin. Evidentemente que entre nosotros hay otras muchas cosas; pero sólo una es primera y principal: vivir y anunciar Jesucristo como el único que da verdadero valor y sentido a la vida. En Él, el hombre encuentra su plenitud humana, su origen y su destino; su lugar y su función en este mundo nuestro tan desorientado y perdido, violento e injusto.
Compartimos la vida de la fe y vivimos la esperanza del Reino de Dios. Luchamos juntos por otro mundo posible: el de la fraternidad mundial; el del amor y el perdón, la justicia y la paz. Nos esforzamos en construir una iglesia nueva, lejos del dogmatismo y la excomunión mutua. Nadie es enemigo nuestro, a nadie condenamos, a nadie excluimos. Compartimos con creyentes y no creyentes nuestros problemas y nuestros descubrimientos. A nadie desautorizamos. A todos ofrecemos lo que constituye nuestro patrimonio espiritual y de todos estamos dispuestos a recibir. La verdad absoluta no es patrimonio de ningún ser humano.
Pensamos y dejamos pensar. No exigimos compromisos doctrinales. Entendemos que toda expresión de la fe debe fundamentarse en la Biblia, pero no condenamos a los que la interpretan de forma distinta a la nuestra. Nos interpelamos los unos a los otros en el amor de Cristo. A lo largo de los siglos, la doctrina ha dividido y enemistado a los cristianos. Es hora de situarla en su verdadero lugar secundario para enfatizar la primacía del amor a Cristo y a todos los hombres, la fidelidad a la Palabra de Dios, tal y como llega a cada uno de nosotros, y la perseverancia en el seguimiento a Jesús.
Practicamos el bautismo como signo de pertenencia al pueblo de Dios, mano de Dios tendida a los hombres para darles la seguridad de su favor y misericordia, su gracia y su perdón. Practicamos la hospitalidad eucarística. Nos reunimos alrededor de la Mesa del Señor, para tomar el pan y el vino de la Santa Cena. Somos muy conscientes de que esta mesa no es nuestra, sino del Señor que vivió y murió por nosotros. Por lo tanto, a quienes Cristo invita, nosotros no los podemos rechazar. La eucaristía no es para los que son santos, sino para todos aquellos que son llamados por Jesucristo y que responden afirmativamente a su invitación a acercarse a la mesa del perdón y de la reconciliación.
Vivimos en la esperanza del Reino de Dios que un día Él establecerá de forma definitiva entre nosotros. Habrá nuevos cielos y nueva tierra en los que reinará la justicia. No habrá más llantos, ni dolores, ni clamores. Todo lo que era viejo habrá pasado y todo habrá sido hecho nuevo. Pero, mientras no llega este día que esperamos con gozo, nos hemos comprometido con Él, el Señor, y con todos los hombres, nuestros hermanos, en la realización de un esfuerzo continuo para la transformación de nuestro mundo y, así, convertir nuestra esperanza en historia, es decir, encarnarla en realidades concretas de acuerdo con el patrón del evangelio.
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